El pequeño Luck corría más rápido que el viento. Tenía solo once años cuando ocurrió todo. La ambulancia se había llevado a su madre y su padre le había acompañado. Mientras, él se quedaba en casa de sus tíos junto a su hermana recién nacida. Había conseguido escaparse y volaba hacia el hospital donde su madre estaba ingresada.
En la puerta se encontró a su abuelo fumándose un puro.
- ¡Luck! Pero ¿¡qué haces aquí!? - preguntó exasperado.
- Mamá, quiero ver a mamá.
- Ahora no puedes, está en la UCI.
- ¡Háblame en cristiano! - replicó con las lágrimas en los ojos.
- Están curándola. Vuelve con tus tíos, Luck.
Le saltaba el fuego de los ojos. Quería empujar al viejo e internarse en el edificio, buscar por todas las habitaciones hasta dar con la correcta.
- Pero mamá... ¿Mamá está bien?
- Sí. Solo ha sido un infarto, está perfectamente. Luck, vuelve.
- ¡No! - gritó y golpeó el suelo con los puños.
- ¡Luck que vuelvas a casa! - le ordenó grosero.
El chico se detuvo y, temblando, echó a correr de vuelta a casa. Corría y corría, llorando a más no poder, expresando su furia en la velocidad. Cuando en una calle oscura, tropezó con alguien y ambos cayeron al suelo.
- ¡Ah! - gritaba una señora.
El chico ayudó a levantarse a la vieja.
Una farola se iluminó y pudo observar las facciones de esa anciana. Tenía el pelo blanco y liso que le llegaba por la cintura, una diadema granate en la cabeza cuyas tiras colgaban hasta su pecho y un camisón blanco, ahora sucio por la caída.
- ¡Maldito crío del demonio! - recogió el bastón que le cayó al suelo y le miró con desprecio.
- Lo siento - se disculpó.
Volvió a echar a correr pero la mujer lo agarró del brazo y le giró hacia ella. Sujetándole fuertemente por el antebrazo, acercó su cara a la del niño y le miró fijamente a los ojos.
Luck se asustó ante la danza de colores de las pupilas de la vieja, pero a la vez se quedó hipnotizado.
La vieja apretaba cada vez más su agarre y lo miraba más profundamente. Él podía sentir la abundante cantidad de energía que emanaba su cuerpo. Sintió un pinchazo enorme en el corazón y cerró los ojos para aliviar el dolor.
La vieja vio como una lágrima caía del ojo derecho del niño. La retiró con su dedo y se la llevó a la boca. Entonces le soltó y ella corrió apoyándose en el bastón.
El chico salió de su asombro y volvió a su casa.
Esa noche fue la peor noche de su vida, donde todo comenzó.