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miércoles, 21 de mayo de 2014

Capítulo II

Mi nombre es Sidney y fui tocada por una toucher. Y no una toucher cualquiera, no. Sino por Siobham, la que nunca se equivoca. Es la mano derecha de la gran Alkini.  Alkini decide sobre todas las que son elegidas. Nos hacemos llamar backers porque significa defensoras, responsables y fieles. Y preferimos pensar así de nosotras antes que pensar que somos sirvientes de mujeres creídas y crueles, y que nos hemos visto obligadas a esta vida.

Cuando tenía nueve años, atropellaron a mi perro.  Estaba desolada, triste, no paraba de llorar mientras veía a Tobi desangrándose. El conductor no se dignó a pararse. Aceleró y desapareció. Entonces vino una eattears, cogió mis lágrimas con un dedo y se las bebió.  Me abrazó y me tranquilizó hasta que mis padres volvieron de la compra. Desde entonces tuve su protección y la de sus cinco leonas, aunque no lo supe hasta que cumplí 22 y me llevaron al reino de Kobirham.

Para llegar a ese reino hay que cumplir un proceso. Primero, debe ser tocado por una eattears o una toucher antes de los doce años, que esté sufriendo en sus carnes el dolor de una pérdida.  Con su toque, la toucher o la eattears se compromete a protegerle, ayudada por cinco leonas. Después, al cumplir los veintidós, por capricho de Alkini (quiere que sus mujeres estén en la flor de la vida), su cuidadora desciende y le congela el cerebro para después congelar su cuerpo y ¡pumba! Bienvenida a Kobirham, el reino helado.

El Reino está congelado porque el color favorito de Alkini es el blanco, como la nieve. Por ese motivo, también todos los residentes de su territorio debemos llevar atuendos blanquecinos en las reuniones o las celebraciones.

Alkini es una mujer de belleza insuperable, con el pelo rojo en llamas, la tez rosácea, una mirada intensa y cálida, con un don de palabra tan increíble como inútil, pues los labios solo los utiliza para comer las delicias que suben las eattears de la tierra. Siempre lleva vestidos muy cortos y escote de "no mires que te pierdes". Y es que aunque no haya varones en Kobirham (no por ley sino porque aún no se había dado el caso; las touchers son muy feministas), la esencia femenina no la perdía, y se esforzaba por ser la más hermosa del Reino.

- ¡Sidney, se acerca el día!

Mi gran amiga Molly apareció por la puerta.

Sí, el gran día. En una semana está fijada la fecha de mi conversión. Por fin, 107 años después, manteniendo mi juventud y cumpliendo todas y cada una de las miles de leyes de Alkini, ella va a hacer mi conversión. La emoción del momento está en el enigma. Nadie sabe lo que Alkini ha preparado para ti.

Puedes ser una leona, una eattears, vigilante, o sepa Dios en qué te transformará. Si conservarás tu aspecto,  si estarás aquí o bajarás a la humanidad...

Somos un mundo paralelo al que los humanos conocen. Entre las paredes de Kobirham no somos inmortales, pero como nuestro cuerpo está congelado, nuestra alma también. Pero si matan a nuestro cuerpo, adiós muy buenas.

Aunque no existe fronteras en este reino, tener la misma energía y vitalidad durante años hace que esto se convierta en una puta cárcel.

- ¿Has pensado ya lo que vas a ponerte? - bromeó.
- Pantalones y camiseta negra.

Reímos. Si hay que mantener la tradición del blanco, lo haré lo más discretamente posible, por supuesto.  El vestido para la ceremonia ya está preparado desde hace años.

- Alkini ha convocado tres nuevas recepciones mañana - me informó.
- ¿Más elegidas? ¡Van a acabar con la humanidad de un plumazo!

Solo este mes acababan de llegar veinte nuevas chicas.

- No te quejes, en la tierra sobra gente.
- ¿Y a qué hora son las recepciones?
- La primera a las ocho de la mañana, otra a las seis de la tarde y la última a las diez de la noche.
- Habrá que ir...
- Ha exigido la asistencia de todas las backers.

Esa noticia me sorprendió. Nunca exigía asistencia a nada, pero sí contaba puntos a nuestro favor. Ser una las favoritas de Alkini no es nada fácil, pero yo lo soy.

- ¿Por qué?  - pregunté.

Se encogió de hombros y cazó mi melena para alisármela.

viernes, 9 de mayo de 2014

Capítulo I

Me llamo Luck y soy millonario.
Sí, el que antes era un enano en una familia de pobres que no tenía dinero ni para salud o comida, hoy se pasea por las calles de la capital de España en un coche de 400.000€

Vivo junto a mi padre Peter y mi hermana Carrie en una de las fincas más lujosas de Madrid. Mi padre es dueño de una de las empresas que más ha crecido en los últimos años en el mundo de las nuevas tecnologías, y el valor de sus acciones se dispara día a día. Yo, a mis 20 años, trabajo de contable en esta empresa, y tengo la vida prácticamente solucionada.

Como mi hermana, que con 10 años ya tiene una cuenta para su futuro. ¿No es genial? Pues no. Porque falta lo más importante en la familia: una madre.

Mi madre falleció víctima de un infarto en aquella fatídica noche, y desde entonces, mi padre se centró profundamente en su trabajo para superar el dolor de tal pérdida. Él era un simple albañil del Estado, y observando ciertos planos de ciertos trabajos, propuso algunos arreglos que... más que superaron a los arquitectos. Y así pues, mi padre hoy tiene los más impactantes e importantes proyectos para la construcción de todo tipo de edificios. Pero los tiene bajo llave, en secreto, en su cabeza. Y no los saca tan fácilmente, no.

Cierto es que desde que Kate, mi madre, no está, mi padre se ha distanciado de mi adorada hermana y de mí, por eso mi relación con él no es muy estrecha. Pero lo quiero como cualquier hijo querría a su padre.

Nos ha proporcionado alimento, salud, educación y un hogar, aunque quizá haya fallado un poco en el cariño. Y por esto siempre le estaré eternamente agradecido. Supo salir adelante con dos hijos muy pequeños cuando no teníamos nada. Por eso, ahora que lo tenemos todo, no le abandonaré.

Durante nueve años, no he ido al colegio. Todo lo que necesitaba saber me lo ha enseñado mi padre o un profesor particular con el que me saqué mi carrera.

Ah sí, mi aspecto físico: normalito de estatura, con el pelo negro y voluminoso, ojos negros como el tizón y cara redonda. Las chicas dicen que soy majo, pero claro, qué opinar de las chicas si has crecido en un mundo donde estaban prácticamente prohibidas.

De haber visto mujeres en nueve años será por la televisión o internet, y siempre las pintan igual: coquetas, únicamente angustiadas con su cuerpo y su ropa, capaces de cualquier cosa para conseguir lo que quieren, vengativas, caprichosas, rencorosas. Solamente he tenido contacto directo con dos mujeres en los últimos nueve años: mi madrastra, a los dos años de fallecer mi madre, mi padre lo intentó, pero nada; y mi hermana Carrie.

Conseguiré, aunque tenga que dar mi vida por ello, que Carrie no sea en un futuro como esas modelos perfectas, que dan ganas de darles patadas.

Quizá mi repugnancia hacia las mujeres indiquen mi condición sexual, aunque esta es la primera vez que me lo planteo. No me atraen los hombres, en absoluto. Quizá sea un nosexual, yo qué sé. No es algo que le dé mucha importancia.

Estoy de mudanza, me vengo a vivir solo. Pero no me voy muy lejos, solo a la casa de al lado. Es un caprichito mío y me lo puedo permitir. Ahora mismo, estoy en mi nueva habitación, sentado en el único mueble que hay, una silla, mientras la empresa de mudanzas se encarga de que todo quede perfectamente colocado en el primer piso. Esta tarde tengo organizadas tres reuniones en las oficinas de mi padre en la ciudad, así que debo darme prisa si no quiero llegar tarde. Pero antes quiero llegarme a una tienda deportiva.

Peter odia la impuntualidad. Siempre, desde que comenzó con esto, todo hombre que llegara un par de minutos tarde, era cruelmente despedido. Muchos habían caído por eso. Grandes trabajadores con grandes estudios y carreras, ahora en la calle por algún contratiempo que les hizo retrasarse en su cita con Peter MacKogg.

Carrie es mi hermana pequeña, tiene 11 años. Y es exactamente igual que mi madre. O por lo menos, así la recuerdo yo. Tímida y chiquitusa, con pelo de carbón liso y largo, a la altura del hombro, y unos marrón chocolate. Los pómulos respingones, el mentón hundido y la nariz redonda y pequeña. Es el más puro reflejo de la que una vez fue, y siempre será, mi madre. Es muy dulce, ya lo comprobaréis, y es a lo que todo el mundo debería aspirar, hombres, mujeres y perros por igual.

Cuando me acompaña a la oficina, a todos los trabajadores que están allí, desde limpiadoras hasta altos cargos, se les cae la baba. La diferencia se nota en quién limpia esa baba.

- Señor, ¿prefiere que le montemos la habitación ahora o lo dejamos para el final? - dijo un hombre tras la puerta.

Me levanté de la silla y le abrí la puerta.

- Proceded ahora. Tengo que salir a hacer algunas compras. Si necesita algo, llame al número que les proporcioné con la compra del inmueble.
- De acuerdo, señor - asintió conforme y se retiró.

Me encanta tener tanto poder e influencia en la gente. Que accedan a tus peticiones sin objeciones es glorioso. Y son estúpidos, porque si me negaran mi deseo, no podría obligarlos, y no me saldría con la mía. El temor en la gente está demasiado arraigado. Siempre la población trabajadora a merced de la poderosa, cuando debería ser al revés. Si no hay mano trabajadora, no hay poder. Pero si no se dan cuenta ellos mismos, ¿pretenden que alguien vaya y les abra los ojos? Ridículo.

Con esta reflexión agarré mi iPhone y las únicas llaves y bajé las escaleras. Me crucé con un par de hombres a punto de empezar a subir con un sofá blanco de cuero, y me dejaron pasar, agitando la cabeza a modo de saludo.

Salí de casa y cinco minutos después llegué al Sprinter, la famosa tienda de deportes. Me falta una última habitación por amueblar en mi casa: el gimnasio. Probablemente será la parte de la vivienda que más visite.

- Buenos días, caballero. Un placer volver a verle por aquí - un chico moreno con un piercing en la nariz, el que siempre me ha atendido, me saludó con una amplia sonrisa.
- Hola.
- ¿Necesita mi ayuda o puede servirse solo?
- Necesitaré consejo profesional. Voy a montar un gimnasio, señor... - miré la placa de su uniforme porque no recordaba su nombre - Esteban.
- Ajam. Bueno, ¿le gusta algún deporte en especial? - preguntó mientras se internaba en uno de los interminables pasillos.
- Boxeo y tiro con arco - respondí y le seguí.
- Le aconsejo este último modelo de sacos para boxeadores que acaba de llegarnos - se detuvo frente a uno de color rojo -. Su peso es variable, tiene recambios de 50, 80 y 90kg. Está relleno de un nuevo material que es duro como la arena... pero al tacto es como el agua. El envoltorio es de cuero, lo que ofrece una mayor calidad en cuanto a durabilidad y aspecto. Además tiene dos opciones: con pie o colgante. No tiene más que mirarlo: es una maravilla para todo boxeador. Además, trae de regalo los guantes - el muchacho se quedó mirándolo como si fuera algo inalcanzable para él.
- Algo malo ha de tener.
- No, señor. Es el de mejor calidad de toda la franquicia. Le aseguro que no encontrará otro mejor - sonrió de lado y suspiró.
- Si eso es así, Esteban, ¿por qué solo ha vendido uno?

Esteban alzó las cejas y repasó con los ojos los siete sacos que allí había, colocados en fila. Y efectivamente, solo había un hueco libre.

- Bueno, caballero... Supongo que será porque el precio no es muy asequible... Los clientes no suelen buscar calidad, solo precios baratos.

Me quedé admirando el saco. Las calidades eran excelentes. Pasé la mano por encima y le dí una palmada. El chico tenía razón: duro como la arena y fluído como el agua. Me gusta.

- ¿Cuál es su precio?
- Ciento noventa y nueve euros.
- Me lo llevo.

Esteban sonrió y lo acarició una última vez.

- Buena elección. ¿Dijo que también le gustaba el tiro con arco?

lunes, 13 de enero de 2014

Prólogo

El pequeño Luck corría más rápido que el viento. Tenía solo once años cuando ocurrió todo. La ambulancia se había llevado a su madre y su padre le había acompañado. Mientras, él se quedaba en casa de sus tíos junto a su hermana recién nacida. Había conseguido escaparse y volaba hacia el hospital donde su madre estaba ingresada.


En la puerta se encontró a su abuelo fumándose un puro.


- ¡Luck! Pero ¿¡qué haces aquí!? - preguntó exasperado.


- Mamá, quiero ver a mamá.


- Ahora no puedes, está en la UCI.


- ¡Háblame en cristiano! - replicó con las lágrimas en los ojos.


- Están curándola. Vuelve con tus tíos, Luck.


Le saltaba el fuego de los ojos. Quería empujar al viejo e internarse en el edificio, buscar por todas las habitaciones hasta dar con la correcta.


- Pero mamá... ¿Mamá está bien?


- Sí. Solo ha sido un infarto, está perfectamente. Luck, vuelve.


- ¡No! - gritó y golpeó el suelo con los puños.


- ¡Luck que vuelvas a casa! - le ordenó grosero.


El chico se detuvo y, temblando, echó a correr de vuelta a casa. Corría y corría, llorando a más no poder, expresando su furia en la velocidad. Cuando en una calle oscura, tropezó con alguien y ambos cayeron al suelo.


- ¡Ah! - gritaba una señora.


El chico ayudó a levantarse a la vieja.


Una farola se iluminó y pudo observar las facciones de esa anciana. Tenía el pelo blanco y liso que le llegaba por la cintura, una diadema granate en la cabeza cuyas tiras colgaban hasta su pecho y un camisón blanco, ahora sucio por la caída.


- ¡Maldito crío del demonio! - recogió el bastón que le cayó al suelo y le miró con desprecio.


- Lo siento - se disculpó.


Volvió a echar a correr pero la mujer lo agarró del brazo y le giró hacia ella. Sujetándole fuertemente por el antebrazo, acercó su cara a la del niño y le miró fijamente a los ojos.


Luck se asustó ante la danza de colores de las pupilas de la vieja, pero a la vez se quedó hipnotizado.


La vieja apretaba cada vez más su agarre y lo miraba más profundamente. Él podía sentir la abundante cantidad de energía que emanaba su cuerpo. Sintió un pinchazo enorme en el corazón y cerró los ojos para aliviar el dolor.


La vieja vio como una lágrima caía del ojo derecho del niño. La retiró con su dedo y se la llevó a la boca. Entonces le soltó y ella corrió apoyándose en el bastón.


El chico salió de su asombro y volvió a su casa.


Esa noche fue la peor noche de su vida, donde todo comenzó.